SOLILOQIOS DE UNA BEASTRUZ PERDIDA EN TERRANOVA

miércoles, 22 de enero de 2014

COMO NO ENCONTRABA EL CAMINO DE SAN ILDEFONSO, ME FUI POR EL DE SANTIAGO ...

    

Como no encontraba el camino de San Ildefonso, probé con el de Santiago.

En realidad lo único que pretendía con este paseo era básicamente eso: PASEAR. Y estar en contacto con mis hermanicas las flores y mis hermanicos animalillos y demás especímenes  curiosos que estaba casi segura de que me iba a cruzar por el camino. Porque está claro que para tener la pedrada de pegarte una paliza de tal calibre, hay que ser tan especial como cualquiera (como cualquiera que haya descubierto que es un ser tan especial como cualquiera).
Creo que me he metido en un bucle literario o algo así... 
Bueno. La otra razón que me impulsó a pasar la segunda noche en el albergue de Cirauqui fue porque es el pueblo donde nació mi padre y que yo no tenía el gusto de conocer más que de oídas.
Siempre me he parecido un poco descastada. Nunca he tenido demasiado apego por la tierra, ni por las casas, ni por las multitudinarias reuniones familiares que suelen acontecer generalmente en bautizos, bodas y comuniones...  y entierros. Tampoco me identifico especialmente con ningún trapo de polvo, digo contenedor de polvo de esos que llaman bandera.
Y sin embargo cuando después de dos días andando y de superar una "cuestica" de tres pares de bemoles y dos de sostenidos a las 2.30 de la tarde, vi aparecer entre viñedos el pueblo de mi padre,...  jopelines. Cáspita, recorcholis, rayos, truenos y centellas. 
No sentí NADA. Nada igual. Como una extraña sensación. Para ser exactos la primera emoción se dio al visitar el súper del pueblo y comprobar con recatado alborozo que gozaba de precios populares y no esos plátanos a un euro y peras y manzanas a 80 céntimos la unidad de las que no veníamos disfrutando en todo el camino. Eso por no hablar de latas de refresco a dos euros o botellas de litro y medio de agua a tres.    
Nos salió mejor beber cerveza que agua... por lo menos en los sitios donde no había fuente.                                                               Allí mismo pregunté por mi familia, y me sacaron por la cara que era sobrina de mi tía Tere a la cual fuimos a visitar enseguida. Al principio no me reconoció (debe tener unos noventa años), pero luego se puso muy contenta. Me hablo de mi padre y de mi abuela, me enseñó fotos antiguas, y nos puso café al ritmo de mejicanas cantadas por autóctonos del pueblo... no sonaban nada mal, por cierto...
Después nos llevó a conocer al resto de la familia que vivía en la que en otro tiempo fue la pensión de mi abuela. Un caserío enorme y precioso, conservado tal cual con mucho cariño y mucha dedicación. Al final se empeñaron en invitarnos a "una cenica, nadaaa, cualquier cosa", que consistió en ensalada y huevos fritos (que había sido el pacto inicial), un poco de lomo, unos pimienticos del piquillo recién asaos, jamón, queso y alguna cosa más que seguro se me olvida... todo ello regado con tinto de Cirauqui y clarete de Mañeru. Les regalé un poco de mi arte y para las 10 volvimos al albergue reconfortados por la buena compañía y las buenas viandas ...
La segunda emoción fue encontrarnos con personas con las que ya habíamos coincidido en el albergue anterior. Que eso quieras que no, ya te hermana de alguna manera. Te comprendes el dolor de pies y de todo lo demás, y te congratulas mutuamente por haber encontrado una farmacia en la que venden tapones para los oídos a precio módico...
Es lo que tiene dormir catorce en una misma habitación: o te hermana porque a quién no se le escapa un pedillo mientras duerme, o te entra una mala leche increíble porque el o los que roncan desafinan de mala manera...
Claro que eso se ve ahogado por el dulce tañir del campanón de dos mil quilos situado a veinte metros del albergue que da las horas, las medias y los cuartos que es de un primor nocturno que ni te cuento. Eso sí. La iglesia preciosa...
... En fin, que salimos de madrugada hacia Estella con una emoción especial y con la promesa de volver a vernos.
Creo que era el tercer día... llegamos a eso de las tres y media de la tarde con toda la calorina. Y ahí ya me dio el bajón sólo de pensar que tendría que pagar de nuevo por "no dormir" con diecisiete por lo menos. Ya nos habíamos enterado de qué iba  el camino (básicamente consiste en andar persiguiendo una flecha), y los tobillos y rodillas empezaban a resentirse, así que decidimos volver en autobús después de andar unos cincuenta kilómetros. Los reyes magos tuvieron que ser "la leche"...
Hicimos un pequeño gran camino que disfrutamos desde el primer minuto hasta el último. Quizás no sea el de Santiago y sea el de "la guru". Pero me sirvió lo mismo... Para darme cuenta nuevamente de que en realidad no hace falta tanto de todo para vivir feliz. 
La próxima vez llegaré un poco más lejos  para acercarme más a mí misma. Qué cosas ...