SOLILOQIOS DE UNA BEASTRUZ PERDIDA EN TERRANOVA

sábado, 9 de noviembre de 2013

SAN CRISTOBAL O EL MONTE DE LAS ÁNIMAS

Como el domingo había amanecido soleado y sin aire, decidí vencer la pereza y dar a los niños la sorpresa de pasar el día en San Cristóbal, el monte más cercano a nuestra casa. Preparé unas tortillas de patata con cebolla, las metí en el pan y salimos pertrechados con mochila y cantimplora caminando hacia el pie del monte que estará como a unos veinte minutos andando desde la puerta de nuestro portal.
Todos estábamos contentos, un día de sol a mediados de diciembre aquí en el norte se agradece casi más que el aire que respiramos. LLevábamos subiendo ni cien metros cuando sentí de pronto cómo alguno de estos me daba un toque en la espalda, como un pequeño empujón. Y como no me gusta que nadie me toque sin avisar, me volví y les dije a los mayores que por favor no volvieran a hacerlo, tengamos la fiesta en paz.
-Eres una rayada- me contestó el mayor - aquí nadie te ha rozado ni un pelo. Sabía que decía la verdad, porque lo conozco. Así que pensé que habrían sido imaginaciones mías aunque hubiera jurado que alguien me había tocado la espalda. Seguimos subiendo un rato, partiéndonos de risa porque Alberto estaba contando a los pequeños como hace muchísimo tiempo en el mismo lugar donde pisábamos ahora, hacía miles de años que habían vivido el tiranosaurio rex y alguno de sus primos. Los pequeños le escuchaban anonadados. Luego les contó que años después había habido una guerra y que en un fortín que había en la cima del monte habían encerrado a mucha gente y que los dejaban morir de hambre y de frío. Y ahí fue cuando me cabreé y le dije que no le contara esas cosas a los críos. Luego por la noche tienen pesadillas. Paramos a comer un poco antes de llegar al fuerte. Encontramos una especie de cueva y allí debajo de esas rocas descomunales la  tortilla de patata con cebolla nos supo como el mejor de los manjares.



Cuando terminamos los bocadillos decidimos llegar hasta arriba, no quedaban mas que unos cuatrocientos metros. En un momento dado, empecé a notar cómo alguien me empujaba suavemente desde atrás cogido a mi cadera y dije : 

- qué gustico, sigue empujándome hasta arriba y así otro día me dará menos pereza venir, jajaja -. Cuando me vuelvo para atrás y el mayor le dice al pequeño
- lo ves? tu madre está loca , habla sola... o igual está hablando con los espíritus de los muertos que mataron aquí .-
-Te he dicho que no le digas esas cosas a los niños, y deja de vacilarme que sé perfectamente que me estabas empujando... ya está bieen eh?, me estoy cabreando...-
Y entonces me dice Jonás que nadie me había podido tocar porque cuando empecé a hablar sola iban los cuatro de la mano. 
No daba crédito, porque... pudiera haber sido una ráfaga de viento, pero es que no hacía ni un pelo de aire . 
- Mamá está locaaa, mamá está locaaa - me incitaban los pequeños y yo corriendo detrás de ellos y ellos partiéndose de risa...
Por fin llegamos al fuerte. Yo solamente había estado allí una vez de pequeña y recordaba que me había dado aquel sitio inhóspito y frío mucha impresión en el estómago... Y ahora al volver a verlo me pasó exactamente lo mismo. Una estructura militar de piedra en forma de estrella de David llena de pequeñas garitas de vigilancia y largos barracones sombríos y húmedos con rejas en puerta y ventanucos.
Nos dedicamos durante largo rato a recorrer garitas y barracones hasta que empezó a oscurecer sobre las seis y decidimos emprender la marcha de vuelta a casa cantando la canción de los piratas y la botella de ron. Y empece a oír nuestro propio eco, hasta que dejamos de cantar pero el eco siguió escuchándose a lo lejos durante unos minutos o segundos, no sé. 
... Nos quedamos todos petrificados... porque a diferencia de la realidad en el eco sólo cantaba uno, y la voz que escuchamos no se parecía a la de ninguno de nosotros. Los chiquitos preguntaron quién cantaba, y yo les contesté rápidamente que debía de ser algún señor que estaría paseando por la otra ladera del monte. Hasta yo quería creerlo, pero cuando les ví las caras demudadas a Alberto y a Jonás, me dí cuenta de que no. Aquello era muy raro, pero ya no volvimos a hablar de ello hasta la mañana siguiente cuando se levantó Oscar, el benjamín de la casa, y dijo que había soñado que estaba en el fuerte, había venido un señor vestido de la guerra y le había dicho que le había gustado la canción del pirata porque él también la cantaba de pequeño. Le comentó asimismo que su mamá era muy guapa. Luego sonaron "fuegos artificiales, pero de los que no se ven", y después de repente ya no estaba más...
No sé lo que pasó allí aquella tarde, pero estoy segura de que nunca volveré a escuchar un eco como el  de aquel día, y de que los fantasmas que hasta entonces no me daban miedo, ahora me dan. No vuelvo a subir al fuerte otra vez ni loca.