SOLILOQIOS DE UNA BEASTRUZ PERDIDA EN TERRANOVA

miércoles, 12 de febrero de 2014

CRIMEN PERFECTO: CONFESIONES DE UNA ASESINA





PRÓLOGO


Siempre quise estudiar periodismo. Supongo que para satisfacer mi curiosidad insaciable y para investigar y contar historias de primera mano y no basadas en rumores.
La psicología humana me atraía enormemente y en especial cómo funciona la mente de un asesino. Dónde está el límite en el cual se traspasa la barrera entre el bien y el mal.
Y empecé a documentarme. Empleé muchas horas en estudiar entrevistas con asesinos, investigadores, criminólogos, forenses, psicólogos y psiquiatras. Perfiladores criminales, abogados, víctimas, testigos y familiares. Escuché a sicarios de cárteles de las drogas hablar de matar sin ningún tipo de remordimiento, como si de una jornada laboral normal se tratara, y visité vía internet las cárceles más peligrosas del mundo y sus habitantes.
La conclusión a la que llegan estos trabajos de investigación desarrollados durante años, es que hay tres principales motivos por los cuales un ser humano decide quitarle la vida a un semejante: el "amor", la codicia (poder) y la enfermedad mental.
Tremendamente importante es también el clima familiar y sociocultural en los que se desarrollan los primeros años de esta etapa de la vida tan importante como desconocida que es la infancia.
Hace unos meses estuve visitando el módulo de mujeres de la  prisión de Pamplona. Me invitaron a participar en unas charlas coloquio que habían organizado las propias internas y cuyo objetivo era iniciar un estudio sobre las condiciones de vida en la cárcel. Relaciones de pareja, maternidad, aprendizaje y reinserción.
Sólo había ocho mujeres. Cinco eran "muleras" que habían apostado por traerse una maleta llena de droga para intentar mejorar su vida, y habían acabado allí. La mayor tenía  22 años y tres hijos de tres padres en Bogotá, de los que se hacía cargo su madre. Otra lloraba todo el rato “¡8 años!” - decía, y juraba que ella “nunca supo que llevaba droga en la maleta”. Aseguraba que alguien le dió el cambiazo en el aeropuerto, que era inocente. Me dijeron que no había parado de llorar desde que llegó.
Supongo que eso es lo que dicen la mayoría de los que están en la cárcel. Pero yo la creí. Y se me encogió el corazón.
Luego había otras dos mujeres bastante mayores. Tardé un rato en darme cuenta de que no eran voluntarias, sino internas. Jamás me hubiera imaginado que aquellas dos casi ancianas adorables que hacían de madre con las demás pudieran haber hecho algo que las trajera hasta allí. Pero sí. Eran traficantes de heroína. Cuando me lo explicó la funcionaria no daba crédito.
A menudo imaginamos las cárceles llenas de indeseables inadaptados que representan un peligro potencial para la sociedad. Pero yo lo que veo en su inmensa mayoría es que son personas que una vez tomaron el camino equivocado, o bien personas con una enfermedad mental. Malas decisiones que les llevaron por un camino de difícil retorno. Diagnósticos fallidos que no han dado con el tratamiento adecuado.
Apartada de todas había una chica de unos treinta que leía un libro. No parecía interesarle mucho la reunión. La invité a participar, pero me dijo "no, gracias" y continuó leyendo.
La charla se hizo amena y corta. Había café y pastas y se respiraba un ambiente extrañamente hogareño. Compartimos impresiones durante un par de horas. Yo me ofrecí para darles clases de dramatización. Pensé que eso podría mejorar su estancia allí, y ellas acogieron la idea con entusiasmo. Redactamos  la petición oficial correspondiente y me preparé para marcharme.
Las abracé a todas menos a la chica del libro que no se acercó a despedirse. La saludé con la mano y ella me devolvió el saludo sonriendo. Y sentí cariño. También pena. Sentimientos encontrados sobre lo que es justo o injusto...
Cuando salía  pregunté a la funcionaria por qué motivo que estaba allí la chica.
Me contestó que era un caso muy extraño. Se había autoinculpado de varios asesinatos que nunca habían tenido lugar. Eran casos cerrados. Estaba a la espera de que le hicieran un peritaje psicológico, y también estaban valorando si entre los datos que aportaba sobre las diferentes causas había indicios suficientes como para reabrir la investigación de alguna de ellas.
Volví la vista para mirarla antes de que la puerta de barrotes se cerrara tras de mí y pensé que era increíble que aquella mujer de apariencia apacible y educada hubiera matado a nadie.
Pasaban los días pero la imagen de aquella chica no dejaba de ocupar mi cabeza. ¿Porqué  confesar unos asesinatos que no había cometido? y si los había perpetrado y no la habían inculpado... hubiera conseguido no uno, sino varios crímenes perfectos. Esos que dicen que no existen.
Me pareció una historia digna de ser escrita en cualquier caso, y me puse en contacto con las voluntarias que acuden regularmente a la cárcel para hacerle llegar una nota en la que ponía que su caso me llamaba mucho la atención y que estaría interesada en hacerle varias entrevistas.
En un par de semanas recibí una carta de Alba desde la cárcel. Estaba de acuerdo en contarme su historia, pero sería yo la que tuviera que conseguir el permiso oficial para poder hacerle las entrevistas.
Así que ni corta ni perezosa, hablo con mi jefe de redacción. Le explico el caso, y me da permiso para hacerlas en nombre del periódico, pero pone como condición que las haga fuera del horario de trabajo. Esas horas de entrevista no serán retribuidas hasta que la historia sea publicada... en el caso de que se compruebe que todos los datos son ciertos.
Envié la solicitud pertinente a las autoridades competentes y mientras esperaba respuesta, Alba y yo empezamos a conocernos a través de cartas y alguna visita que otra.
No era fácil acceder a ella. Así que yo dejaba que siempre tomara la iniciativa y hablábamos de lo que ella quisiera, casi siempre el tema era yo. Tenía su lógica. Necesitaba confiar en mí antes de contarme todo lo acontecido en su vida.
Por fin llegaron los permisos, casi a la vez que el peritaje psicológico de Alba en el que los doctores habían llegado a la conclusión de que podía estar diciendo la verdad en todos los casos que venía relatando. Así que estaba oficialmente acusada de cuatro asesinatos. Todos ellos cometidos siendo ella todavía menor.
Suficiente para no salir jamás de la cárcel. No podía creerlo.
Lo que a continuación vais a leer es un extracto de las cuestiones más importante de las que se hablaron durante treinta y cinco horas de entrevistas en las cuales ella desnuda su alma y cuenta cómo ocurrió todo.



Cárcel de Pamplona, a 21 de septiembre de 2013


Me encuentro en el módulo de mujeres de la cárcel de Pamplona para entrevistarme con Alba, autora confesa de cuatro delitos de asesinato. Estamos en una estancia pequeña. Ella esposada a la silla. Yo en frente y una funcionaria que será testigo de todo lo que aquí se diga.
PREGUNTA:
- Hola Alba. Lo primero que me gustaría saber es si hay algo que quieras decir antes de empezar con las preguntas.
RESPUESTA:
- Me gustaría pedir perdón a mi pareja, a mi hijo y a mi hermano por todo el dolor que les estoy haciendo pasar. No se lo merecen, pero tampoco podía hacer otra cosa (llora amargamente).
PREGUNTA:
- Me gustaría saber cómo empezó todo. Qué recuerdos tienes de tu infancia antes de que pasara lo que pasó.
RESPUESTA:
(Se queda un rato pensando, parece dudar... luego me mira fijamente y empieza a hablar).
- Desde que tengo uso de razón recuerdo  a mi madre siempre triste. Se ocupaba de mí y me llevaba al colegio pero a veces se le olvidaba pasar a recogerme, o hacer la compra o pagar alguna factura. Me daba cuenta de que las mamás de mis compañeros no eran como la mía. Y los papás tampoco (hace una pausa, respira hondo y sigue).
Mi padre era representante de diferentes marcas de ron cubano, pacharán y algunas cervezas de importación... pasaba largas temporadas fuera de casa. Y cuando venía, casi siempre borracho, cogía a mi madre superfuerte por el brazo y se encerraba con ella en la habitación durante horas. Incluso una vez estuvieron encerrados dos días. Me pedía botellas y sandwiches que era lo único que yo sabía preparar. Se lo llevaba y él abría la puerta cogía las cosas y volvía a cerrarla rápidamente. Un día me dió tiempo a ver a mi madre tendida en la cama con la cara llena de sangre. Pero luego él se iba y ella nunca se quejaba. Sólo bebía hasta quedarse dormida. En ese instante en el que la puerta estuvo abierta y ví lo que ví, sentí lo que era odiar. Odiar hasta límites insospechados. Era mi madre y yo la quería.
PREGUNTA:
- ¿Cuántos años tenías?¿Qué sentimiento te provocaba tu padre?
RESPUESTA:
- Tendría siete u ocho, no sé exactamente. Mi padre me daba miedo (calla un momento y corrige).Pánico. Me daba pánico.
PREGUNTA:
- ¿Cómo te recuerdas a tí misma de pequeña?
RESPUESTA:
- Era una niña tímida y aplicada, nunca creaba problemas. Así que si alguien me preguntaba por el paradero de mi madre que no venía a recogerme, yo decía que estaba trabajando y que dejaba a una amiga en casa para que me cuidara. Y me creían. Creo que fue ahí donde empecé a darme cuenta de que tenia el don de hacer creer cualquier cosa a cualquiera sin levantar sospechas .Y eso me hizo sentir una especie de seguridad en mí misma hasta entonces desconocida para mí.
PREGUNTA:
- ¿Qué pasó el día que murió tu padre?
RESPUESTA:
- Era sábado por la mañana. Mi padre había llegado borracho. Pero esta vez fue distinto porque me trajo un regalo. Yo pensaba que no me quería, porque nunca me hablaba y tampoco me dejaba llamarle papá. Más tarde entendí porqué.
Era una muñeca rubia preciosa con un vestido rosa muy bonito lleno de puntillas y unas coletas que al estirar de ellas crecía el pelo hasta la cintura. Era lo más bonito que había tenido nunca. Pensé que igual sí  me quería (sonríe por un leve instante).
Bueno... era sábado por la mañana y llevaban encerrados en la habitación desde la noche anterior. Yo estaba emocionada haciéndole peinados a aquella muñeca tan increíble. Le puse de nombre Celia. Por fin tenía a alguien con quién hablar. Por un momento me sentí feliz (sonríe y llora a la vez).
Pero la felicidad duró poco. Exactamente hasta el momento (no mucho rato después) en el que oí un grito desgarrador y un "basta por favor" entres sollozos. Se me pusieron los pelos de punta. Me quedé paralizada sin saber qué hacer. Yo nunca entraba en la habitación .Lo tenía terminantemente prohibido. De pronto se hizo el silencio, y a los pocos minutos volví a oírla gritar.
PREGUNTA:
- ¿Qué hiciste?
RESPUESTA:
- Estaba como en shock, agarrada al pelo de la muñeca sin saber qué hacer o a quién acudir. Jamás la había escuchado gritar. Entonces fuí a la cocina, cogí el cuchillo más grande que encontré, me dirigí hacia la puerta del cuarto y la abrí despacio. Me asomé y ví que mi madre estaba desnuda, inmovilizada por unas esposas que le aprisionaban pies y manos en la cabecera y los pies de la cama, boca abajo, y a mi padre en uno de los laterales con un puro en la mano quemándola en la espalda. Ví como se lo llevaba a la boca y después de aspirar una calada muy profunda se lo apagaba apretándoselo contra la parte trasera de la rodilla (llora desconsolada y sigue hablando entre sollozos…)
El chillido esta vez me congeló la sangre y de pronto todo ese odio que sentía desde hace tanto tiempo me hizo entrar disparada hacia él y clavarle el cuchillo lo más fuerte que pude. Se lo clave por debajo del ombligo. Y cuando se agachó y fue a cubrirse con las manos donde le había clavado, le corte en el cuello  y cayó al suelo mientra me decía "hija de puta,... qué... zorra... ayúdame, hija de puta bastarda…”
PREGUNTA:
- ¿Que se te pasaba por la cabeza en esos momentos?
RESPUESTA:
- Ni siquiera sabía lo que decía, hasta que me señaló una llave que sobresalía del borde del bolsillo de su pantalón que estaba tirado en el suelo. Creo que quería que soltara a mi madre para que ella le ayudara. Nunca lo llegué a saber porque cayó al suelo rodeado por un gran charco de sangre.
Siempre me he preguntado  porqué no pusieron nunca cerrojo en la habitación. Supongo que confiaban en que no entrara, no sé. Sólo era una niña...
PREGUNTA:
- ¿Qué hacía tu madre mientras tanto?
RESPUESTA:
- Pobre mamá. No pudo ver nada porque tenía los ojos vendados. Sólo lloraba y preguntaba:
-¿qué has hecho?... suéltame... ¿qué has hecho?-.
La solté con mucha dificultad. La llave era pequeña y cuando fuí a introducirla en la ranura de las esposas me dí cuenta de que mis manos estaban llenas de sangre.
PREGUNTA:
- ¿Qué hizo ella entonces?
RESPUESTA:
- Se quedó allí, inmóvil, sentada en la cama durante largo rato y yo sentada también a su lado. No me tocaba, no me hablaba, sólo repetía "¿qué has hecho?
Le pregunte qué quería decir bastarda. Pero no me contestó. Al cabo de un rato me cogió, llenó la bañera y me metió en ella. Incluso me dejó hacer burbujas con el jabón y echó en el agua de sus sales de baño que eran como cristalitos de colores y que nunca compartía conmigo. Puso la radio. Sonaba "mujer fatal". Lo recuerdo perfectamente.
Me dijo que me quedara allí. Que no me moviera ni abriera la puerta a nadie hasta que ella viniera. Le dije que si podía meter a Celia conmigo en la bañera para lavarle el pelo. La trajo, le quitó el vestido, y me la dió... y se fue.
PREGUNTA:
- ¿Cuánto tiempo te dejo sola en la bañera?
RESPUESTA:
- El agua de la bañera ya estaba fría y yo temblando cuando la oí llegar por fin. Entró en el baño sonriente. Eso me chocó bastante porque no recordaba la última vez que la había visto sonreir. Yo no sabía cómo sentirme, todo era como un mal sueño. Entonces me envolvió en la toalla y me abrazó contra su pecho. Me sentí bien.
- No te preocupes por nada, cariño... -me dijo- sólo has hecho lo que tenías que hacer... yo me ocuparé de todo - y me besó y me abrazó como nunca antes. Y entonces me convencí de que había hecho bien. Además era la primera vez que me decía cariño. Me gustó. Por un momento me sentí como los demás.
PREGUNTA:
- ¿Qué pasó cuando saliste del baño?
RESPUESTA:
- Cuando me sacó del baño, todo en la casa estaba limpio y en orden. Mi padre ya no estaba, ni la sangre ni el cuchillo... como si allí no hubiera pasado nada y yo no hubiera hecho lo que hice. Estaba algo confundida. No sabía qué pensar.
- Te he traído comida china de la que te gusta... ¿quieres ver los dibujos? - me dijo... no sabía qué pensar...
PREGUNTA:
- ¿Qué hacía ella mientras tanto?
RESPUESTA:
-  Mientras yo cenaba entretenida con la tele, ella llamó a la policía y les dijo que mi padre la había atacado y que había salido de la casa hecho una furia .Que temía que pudiera hacer daño a alguien. Yo no lo sabia entonces, pero ella ya lo había denunciado alguna vez, aunque en cuanto él se iba volvía a comisaría y retiraba la denuncia.
Enseguida se presentaron dos policías en casa para interrogar a mi madre... les enseñó varias quemaduras y antiguas cicatrices por todo el cuerpo que yo no le había visto hasta entonces.
Les relató cómo la había esposado y quemado con un puro. Que al verse sorprendido por mí, entró en cólera y salió corriendo de la casa... les pidió también que no me molestaran porque todavía yo no había sido capaz de reaccionar.
Uno de los policías se acercó hasta mí y me preguntó si estaba bien. Yo le enseñé mi mejor sonrisa y le contesté que sí, que había salvado a mi madre “-Si, me dijo- ...- has sido muy valiente-“ y me acarició el pelo. Después se despidieron amablemente y le dijeron a mi madre que tendría que ir al día siguiente al hospital para que le hicieran un parte de lesiones y después a poner la denuncia. Que dejarían un coche patrulla vigilando la casa toda la noche por si volvía.
PREGUNTA:
- ¿Qué hizo cuando se fue la policía?
RESPUESTA:
- Cerró la puerta y fue directa al mueble bar a coger la botella de ron. Le quitó el tapón y un segundo antes de empezar a beber me miró, se quedó quieta un momento y tiró el ron y todo lo que contenían las demás botellas que había en casa por la fregadera para después jurarme que no volvería a beber.
PREGUNTA:
- ¿Qué pasó cuando vieron que tu padre no volvía?
RESPUESTA:
- Lo pusieron en busca y captura después de decirnos que nos tendrían al tanto de cualquier noticia que tuvieran sobre él.

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Aquí concluimos la primera jornada de entrevistas. Doy las gracias a Alba por compartir conmigo. Ella me mira profundamente y se va secándose las lágrimas. Esto va a ser mucho más duro de lo que pensaba.