SOLILOQIOS DE UNA BEASTRUZ PERDIDA EN TERRANOVA

viernes, 24 de marzo de 2017

LA HISTORIA OLVIDADA

Todavía recuerdo cuando éramos felices. 
Cuando todos nos pintábamos y danzábamos
juntos, hombres,mujeres, ancianos y niños, al compás del sonido de los troncos huecos, para infundir valor a los cazadores que iban a buscar nuestro sustento.
O para agradecer el sol o la lluvia. O en los nacimientos, en el paso a la edad adulta, casamientos o muertes.
Porque el baile y el sonido del ritmo, según decían los mayores, ayudaba a equilibrar el espíritu en cada ocasión.
Sustento que nuestra madre tierra y la selva se ocupaban de proporcionar, siempre que obedeciéramos la ley natural. Esa que nos contaban nuestros ancianos, a menudo en forma de fábula, donde cada ser vivo tenía su espacio, su momento y su importancia para contribuir al equilibrio general.
A veces no había caza. Entonces las abejas se ocupaban de ofrecernos su preciado néctar.
O el río sus peces, o los árboles su savia y todo lo necesario para tener un cobijo seguro.
Lo teníamos todo, porque todo lo hacíamos entre todos y para todos.
Hombres y mujeres trabajando codo con codo para conservar la sabiduría de los ancianos y animar el aprendizaje espontáneo de los niños.
Hombres y mujeres trabajando codo con codo, sin pararse a pensar en su individualidad por encima de la del grupo, aunque cada uno consciente de sus dones propios.
Salvajes, nos llamaban. Incivilizados. 
Primero fueron los espejos. Dentro de ese diabólico artefacto se escondía la vanidad, el egoísmo.
Nos estaban separando la cabeza del resto del cuerpo, mientras nosotros mirábamos curiosos nuestro particular reflejo. 
Luego vinieron las cuentas y abalorios, sus ropas...
Aquello terminó con toda nuestra identidad como grupo, para transformarnos en entidades perdidas e individuales.
Se rompió el clan. Se disolvió la unidad.
Unos murieron a manos de las balas de los madereros, otros se hundieron en el alcohol donde los ahogaron. Todos abonando la tierra yerma que yace impotente ante su mutilación aparentemente imparable. Y los demás...
Todavía puedo recordar cuando vivíamos felices.
...Todavía puedo recordar cuando cada uno éramos todos, cuando todos fuimos uno.