SOLILOQIOS DE UNA BEASTRUZ PERDIDA EN TERRANOVA

lunes, 22 de febrero de 2016

FRANCESCA

Francesca Rabufetti era la mayor traficante de la provincia, aunque hasta la fecha nadie había podido inculparla por ninguno de los asesinatos de los que el inspector de los carabinieri estaba seguro que era única autora.
Por lo visto era una mujer muy persuasiva y ninguno de los posibles testigos se atrevía a delatarla. El miedo se podía leer en sus caras cada vez que llamaban a alguno para interrogarlo.
La conocí un día por casualidad. Viajábamos en el mismo tren y al bajar confundimos nuestras maletas que eran exactamente iguales excepto por un pequeño detalle: en uno de los laterales de metal había siete muescas casi imperceptibles. Yo no me hubiera percatado hasta llegar a casa, pero ella se dio cuenta enseguida, porque nada más bajar se agachó a comprobarla y se dirigió a mí sin perder un segundo.
Nos las intercambiamos y la invité a un café. Era guapa. Ella accedió,charlamos un rato de banalidades y se despidió no sin antes dejarme un numero escrito a boli en la palma de la mano.
Yo me quedé pagando la consumición mientras ella se iba diciendo adios desde el taxi.
Apenas salí de la estación cuatro miembros de la policía secreta me rodearon e indicaron con un gesto que les siguiera dentro de la estación.
Entramos en un cuarto pequeño que daba al andén donde había una mesa de escritorio dos sillas y un biombo.
- ¿pero qué pasa?-
- ¿pensabas que te ibas a escapar? La chica se ha dado cuenta de que querías darle el cambiazo y nos ha avisado.Ya no hace falta que disimules.-
- Pero que yo no... -
Abrieron mi maleta. Estaba llena de bolsas con polvo blanco.
Sentí como el calor abandonaba mi cuerpo de repente y desperté en la enfermería de la cárcel.
No podía creer lo que me estaba pasando hasta que recordé el número que ella había escrito en mi mano.
Arriesgué mi derecho a una llamada y marqué ese en vez del de mi abogado.
Cada noche me despierto bañado en sudor frío recordando el mensaje que escuché al marcarlo:
- hola, soy Francesca. Ahora mismo no estoy en casa. Pero no te preocupes.
El mundo estará mejor sin ti.-
Llevo aquí cinco años. Me quedan quince. Y sólo en esta cárcel malvivimos siete desgraciados que tuvimos la desdicha de invitarla a tomar café un día cualquiera en una estación de cualquier parte.
Dicen que odia a los hombres.
Al menos, me gustaría saber por qué yo.