SOLILOQIOS DE UNA BEASTRUZ PERDIDA EN TERRANOVA

lunes, 22 de febrero de 2016

SIN IDENTIDAD

Hacía tiempo que me rondaba en la cabeza la idea de aparecer en un país desconocido sin identidad y sin pasado.
Llevaba planeándolo cierto tiempo, y aunque no tenía garantía de que la cosa saliera bien decidí por fin tirarme a la piscina.
Calculé que para escribir el libro con tres meses de experiencia bastaría.
Decidí irme a un país donde no entendiera el idioma para que la historia me resultara más fácil de interpretar. Dusseldorf me pareció perfecta.
Y comencé mi viaje. Desde el momento que puse el pie en la calle empecé a ser muda. Yo había calculado que al pasar el tren la frontera o al bajar en la estación, alguna autoridad se daría cuenta de que no llevaba documentación, y ahí empezaría mi ausencia de identidad total. Entonces, como yo no hablaría ni reaccionaria ante ninguna cuestión que me preguntaran, tendrían que decidir qué hacer conmigo y ahí comenzaría la auténtica aventura.
Pero eso era en mi cabeza. Porque en realidad nadie me pidió el pasaporte en ningún momento. Así que muda , sin identidad y con cincuenta euros en el bolsillo salí de la estación imbuida por una sensación verdaderamente extraña.
No soy nadie, pensé... y sonreí.
Lo primero que hice fue dirigirme al primer bar que encontré y comerme una salchicha enorme y una pinta de cerveza que pedí por señas.
Estaba para chuparse los dedos. Una vez que estuve con el estómago lleno, me pareció bien salir de allí y desmayarme en mitad de la calle dos o tres manzanas más abajo.
Y así lo hice. Estuve haciéndome la desmayada en el suelo como unos diez minutos antes de que decidiera abrir una rendijilla el ojo y darme cuenta de que la gente pasaba a mi lado sin ni siquiera reparar en mí . Nadie miraba hacia el suelo, y los que miraban hacían como que no hubiera nada que ver. Así que me fui levantando poco a poco hasta que conseguí erguirme del todo y desaparecer entre las calles.

nia identidad, ni dinero y estaba en un país extraño. Empezaba a hacer bastante frio y no tenía dónde dormir.
Los cincuenta euros duraron exactamente dos días. Los que estuve compartiendo con un par de alcohólicos desheredados y dejados de la mano de Dios y de los hombres: Hans y Walter. Yo seguía sin hablar, pero ellos me acogieron igualmente en su banco. Nos comunicábamos por señas. Ahí empecé a darme cuenta de que la barrera idioma en una situación límite no existía para lo esencial.Compartimos comida y tragos hasta que se acabó la pasta, y luego cada cual cogió su camino.
La cosa no estaba resultando tan fácil como parecía cuando lo pensaba cómodamente desde mi casa.
Ahora era muda, hacía frío y no tenía dinero ni dónde dormir...